Sentado en uno de los pocos bancos que hay en el camino que sube al castillo de Vilafamés, se encontraba este hombre, tomando el Sol, en uno de los últimos días del invierno. Miraba al más allá, como viendo algo que nadie más podía ver.

Me llamó la atención su gorra por el contraste que hacía en un entorno como el que estábamos: una mañana tranquila en un pueblo del interior de Castellón, sin gente, ni ruidos, casi se podría decir que con un cierto aislamiento de la sociedad. Posiblemente mi cámara era lo más tecnológico que había en unas cuentas calles alrededor.

Así que me acerqué y le pregunté si podía hacerle una foto. El hombre me miró aturdido, como si acabara de darse cuenta de que estaba ahí. Le repetí mi petición en voz más alta por eso de que la gente mayor suele estar un poco sorda:

Hola, buenos días, ¿le puedo hacer una foto?

El hombre se puso a hacer gestos indicándome que era sordo y mudo. Yo reaccioné de forma instintiva con más gestos para preguntarle lo que quería hacer y me pareció entender que no sólo el parecía bien sino que le gustaba.

Cuando terminé, le dí las gracias y él volvió a su letargo en pocos segundos.

En los últimos días, se está hablando en periódicos y televisión, del abandono de los pueblos en España, dando la noticia como suelen hacer: superficial, alarmista y catastrófica. No se proponen soluciones ni parece que esto preocupe demasiado a nadie.

Los pueblos como este son un recuerdo de que la vida puede ser más sencilla, de que estar tomando el Sol al final de un invierno puede ser todo lo que se necesita para ser feliz.

En la parte más alta del pueblo, otro hombre leía el periódico en pleno Sol del mediodía.